Escrito a pluma #09
Queridas lectoras, amigas y desconocidas afines:
Os escribo a las 9:34 de la mañana de un martes menstrual. Me han despertado delicadamente los dolores, he limpiado los cristales del baño y la cocina y he dejado el móvil en modo avión para tratar de escribiros con lucidez. Me he preparado mi café-ritual, con cardamomo y jengibre, he agitado el cartón de la leche para engañar la vista y el paladar y que parezca que tiene espuma. Después he espolvoreado un poco de canela sobre la espuma que ya menguaba. He salido a la terraza y al fin tecleo con suavidad y excitación. Creo que estoy preparada para hablaros:
Estamos en tiempos de cambios. ¿Y cuándo no? Os preguntaréis.
Voy a intentar resumir mi muda de piel más reciente: un cambio de hogar. Es algo que ya os había mencionado en algún capítulo anterior, pero ahora ha pasado el tiempo suficiente como para sacar conclusiones.
Alguien me dijo hace poco que las mujeres necesitamos algo más de estabilidad respecto a nuestro espacio, a la certeza del hogar, que el género opuesto. Me encantaría desarrollar esta idea y manchar el texto de porcentajes, pero la verdad es que no tengo datos científicos; fue algo que me dijo alguien que no recuerdo, probablemente en una terraza a la luz de una farola, y el bueno de Google no me ha sabido corroborar la información. Puede que sea mentira. Qué más da.
El caso es que el pasado mes de junio me dijeron, abruptamente y de malas formas que me tenía que ir de mi casa. De mi cuarto, de mi cueva, de mi refugio. De mi barrio de banderitas en el aire, edificios antiguos, portales inundados de un olor intenso a hachís, policía peinando los parques, restaurantes indios repletos de turistas los domingos: Lavapiés.
No os lo voy a negar: fue un duro golpe. Pensaba que ese, y sólo ese, era mi lugar en el mundo. Que alguien como yo no sería igual de feliz en ningún otro punto de esta ciudad hostil. ¿Y a que adivináis qué? Me equivoqué.
Me mudé a Carabanchel, una zona más alejada del centro. Las amigas que ya llevaban un tiempo viviendo allí me decían que me iba a gustar. Yo asentía y sonreía mientras por dentro pataleaba como una niña de seis años, hacía muecas de horror y pensaba que lo hacían para consolarme, porque me quieren. Miraba los edificios y pensaba: Es feo. Maldita niña esteta.
Encontré rápido una casita agradable que comparto con dos personas maravillosas. Tiene una terraza amplia y una azotea aún más grande. Desde allí arriba puede verse La Almudena y La Iglesia de San Francisco; se aprecia Madrid en silencio, las ventanas diminutas de los edificios se tiñen de dorado cuando baja el sol y todo es tranquilo; como si Madrid parase alguna vez, como si fuese una ciudad hermosa.
En sólo unos días empecé a desencriptar sus encantos: Las familias gitanas que se sentaban en la calle por el calor, cantando y riendo alto. Los coches desde dónde sonaba bachata a todo volumen. Los comercios con productos latinos que tanto me gustan; arepas, arequipe, café colombiano. Familias saliendo de misa los domingos y reuniéndose con los de siempre en los bares de barrio, que nada saben todavía de ningún brunch carísimo con filas de gente que observa la decadencia de Lavapiés como algo cool y underground.
Además, la nueva casa está situada tan sólo a siete minutos andando de mi taller de ventanales altos, desde dónde diseño, me equivoco, pienso en cómo mejorar, y repito. Repito y añado y quito hasta que decido que la pieza está terminada. Porque cualquier obra necesita que la des por acabada en algún momento, o si no, podrías estar infinitamente modificándola y que pasase a ser distinta, una y otra vez. Y te haces adicta a mejorarla, a cambiarla hasta que decides parar porque quizá ya sólo la empeores. Como la vida misma.
Cuando me dijeron que me iba de mi casa, creí que todo iría a peor, sin percatarme de estos detalles que esperaban con media sonrisa a ser descubiertos. Más silencio, más cercanía a mi espacio de trabajo, es decir: más calidad de vida. Podría haberme ahorrado tanto sufrimiento mental, si hubiese confiado en esa típica frase de sobre de azúcar de “todo cambio es a mejor”. Pero no lo hice.
El cambio es perezoso, incómodo, agresivo. Nos hace hacer esfuerzos, volver a acostumbrarnos. Pero es que, como especie, tenemos una capacidad de adaptación tal, que es en nuestra cabeza, algo mucho más difícil de lo que supondrá en realidad.
Una vez, hablando con mi psicóloga sobre el miedo al compromiso, me dijo que no podía no construir algo por miedo a que se destruyese en un futuro. Que eso es la vida adulta. Que si no nunca aprendería, porque me quedaría quieta, en vez de apostar y crecer, sin miedo al error.
Ahora observo parejas de amigos que llevan juntas cinco, siete, diez años. Y son valientes para encarar la verdad y afrontar que el ciclo se ha cerrado, que la obra ha terminado, que ya han aprendido allí todo lo que tenían que aprender. Que toca cambiar, y empezar de cero otra vez. Claro que nunca es fácil abandonar un proyecto en el que se ha invertido tanta energía. Pero amigas, tenemos que ser valientes.
Sabéis que os escribe una persona con ningún diploma y cero formación para aconsejarnos, a la que de hecho, le noqueó un simple cambio de casa.
Pero, una vez hecha esta aclaración, me tomaré la licencia de aconsejarnos que, si os estáis planteando un cambio y no os decidís a ponerlo en práctica, os hagáis la siguiente pregunta: ¿A qué le tengo miedo? Puede que la respuesta no venga inmediatamente, puede que simplemente sea pereza y no miedo, lo cuál es más fácil de atajar. Porque como cualquier esfuerzo rutinario que no apetece, luego, no es para tanto y anda, ¡Hasta sienta bien haberlo hecho!
En realidad, creo que mi relación con la otra casa ya había terminado hace tiempo. Pero mi resistencia al cambio me impedía reconocerlo, me aferraba a ese espacio seguro y conocido como un molusco marino a su roca caliente.
Ahora, hasta agradezco esa manera abrupta en la que me tuve que ir y aprendí, que en la vida, si no tomas ciertas decisiones, ella las toma por ti. Las necesarias. Y no de una manera tan amable.
Comprender e integrar el carácter cíclico de la vida, tan evidente en la Naturaleza, pienso, está infravalorado. Deberíamos tenerlo tan presente como la consciencia de la muerte, que, en realidad, es otra condición de lo cíclico. El final más esperado.
¡Es tan importante afrontar que las cosas se acaban, que la gente se va, que llega otra nueva, y saber cerrar un periódo para tirarse de cabeza al siguiente! Claro que puede que, partiendo de esta premisa, la suerte te sorprenda y te haga tener relaciones que sobrevivan a cualquier cambio.
Ahora bien, la idea de eternidad en el amor nos genera una decepción desmesurada cuando acaba. Si concibiésemos las relaciones interpersonales como cualquier otra historia, con su comienzo, desarrollo y desenlace, nos ahorraríamos muchos disgustos. Si en lugar de temerle a lo nuevo, lo celebrásemos con la excitación propia de lo que está por venir, sería otra cosa.
Hasta aquí las reflexiones de una cabeza pensante que se vacía mientras hace ramilletes con plumas y luego se vuelve a llenar, para compartir el contenido con sus lectoras.
Algún día conseguiré ser breve.
Si has llegado hasta esta línea, te mereces saber que estoy trabajando intensa y amorosamente en la colección de invierno que saldrá en diciembre, pero antes, tendréis un adelanto de las mejores piezas que creo, he hecho hasta ahora. Confío en que os sorprendan y os deleiten tanto como a mí lo está haciendo crearlas.
Confíen en su intuición y respeten sus tiempos, siempre.
Gracias por estar ahí, al otro lado.
Con amor y placer,
Súa




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